Complejo de Edipo

 
 
Complejo de Edipo
 
 
La relación de los padres como pareja es importantísima para que los niños puedan superar con éxito la fase de Edipo
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Para el niño entre los tres y cinco años, los pequeños varones atraviesan una fase de romántico enamoramiento de la madre. Y empiezan a ver a su padre como un rival. Habrá vencido con éxito esta fase cuando la rivalidad se convierta en identificación: el pequeño ya no compite sino que se alía con su padre.

Lo que se debe saber
Cuando existen peleas u hostilidades sostenidas -ya sean "abiertas" o "disimuladas"-, el niño abrigará durante más tiempo y con más seriedad la esperanza de que pueda sustituir al rival y convertirse en la mujercita de papá o el pequeño amante de mamá. Esta situación no es nada sana para los pequeños y puede conducir, en el peor de los casos, a dificultades en su trato con el sexo opuesto.
Manifestación y caracteristicas del Edipo

Desde hace unas semanas, Santiago siente auténtica pasión por su madre. A cada rato le recuerda lo linda, buena e inteligente que es; la observa embelesado durante horas, no hay peor castigo para él que tener que separarse de ella y se pone furioso cuando presencia algún arrumaco entre sus padres. ¿Qué mosca le ha picado al niño? ¿Por qué se ha "enamorado" tanto de repente? Es lo que los psicólogos llaman "Complejo de Edipo", una fase por la que pasan todos los chicos de forma más o menos acusada.

El niño de tres años ya ha comprendido que existen diferencias entre los sexos, y nota que sus padres están unidos por lazos afectivos. También se da cuenta de que la relación entre su padre y su madre es distinta a la que él tiene con ellos. Esto es lo que hace que surjan celos y que el amor hacia su madre, hasta entonces muy infantil y caracterizado por la dependencia, adquiera ahora esos matices de apasionamiento y romanticismo.

Las señales de que el niño está pasando por esta fase de Edipo no son siempre tan claras como en el caso de Santiago, pero siempre se traslucen de alguna forma. Algunos niños simplemente se muestran un poco ariscos con el padre, prefiriendo que la madre les bañe o les lea el "cuento de las buenas noches".
Otros revelan sus celos a través de alguna frase que los padres luego cuentan como un gracia, sin darse cuenta del significado que tiene en realidad.
Así, contaba una madre que cuando paseaba con su marido de la mano, su hijo se les acercó corriendo por detrás, les separó las manos y gritó triunfante: "¡He roto vuestro amor!". Tampoco es raro que el niño anuncie que se casará con su madre cuando sea mayor. Sus sentimientos son tan profundos, que no deben tomarse con una simple sonrisa benévola. El romance materno constituye una parte fundamental en el desarrollo del niño; su madre es la primera mujer de su vida y el padre su primer rival. Este primer enamoramiento marcará en gran medida su futura relación con el otro sexo. Tampoco la rivalidad con el padre debe tomarse a la ligera. Se trata de sentimientos terriblemente contradictorios que le crean más de una dificultad: por un lado, sigue queriendo y necesitando a su padre y, por otro, está celoso de él y le odia como rival. Y lo peor del caso, es que con frecuencia el pequeño piensa que su padre lo ve a él también como rival, y que su ira puede descender en forma de terribles castigos.
 
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Esta conclusión emocional suele traducirse en pesadillas. Los niños entre tres y cinco años sueñan muchas veces con monstruos y bestias salvajes -que representan al padre- que se abalanzan sobre ellos y quieren destruirlos. Si la situación familiar es normal y los padres se toman en serio estas contradicciones emocionales, el pequeño poco a poco se dará cuenta de que sus fantasías de suplantar al padre nunca llegarán a convertirse en realidad.

Aunque estos sueños románticos vuelvan intermitentemente durante toda esta fase, que concluye entre los cinco y seis años, cada vez serán menos intensos, menos duraderos y también menos problemáticos para él. Y una vez que haya desistido de su propósito, aplicará aquella antigua sabiduría de "si no puedes vencer a tu adversario, ¡únete a él!". Como no puede convertirse en el marido de su madre, se conformará con ser como él. La antigua rivalidad se transformará en identificación con el propio sexo. Tanto es así que a partir de los seis años es posible que la celosa sea la madre.
¿Cómo tratar a un niño en plena crisis?

La madre no debe mostrarse más cariñosa que de costumbre; sí acaso, un poco más comprensiva. El padre ha de evitar autoritarismos que dificultarían el deseo de identificación del chico. Padre y madre deben seguir tan afectivos y unidos como siempre. Si, por seguirle el juego, suprimen las muestras de cariño, el niño podría verse atormentado por la idea de que se han dejado de querer por su culpa. Aunque inconscientemente ése sea su deseo, no es ni mucho menos lo que pretende. ¡Pero tampoco hay que provocarle gratuitamente! La mejor ayuda es la paciencia, la comprensión y el necesario consuelo cuando sus contradicciones le hagan sufrir.
Para la niña

Igual que los niños varones pasan una fase en la que se enamoran de mamá, las niñas viven una época en la que están locas por papá. En ellas, a esta fase los psicólogos la denominan "Complejo de Electra"
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